LAS IMAGENES DE LAS CASAS DE LA LUNA

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Los antiguos confeccionaban también Imágenes de cada

Casa de la Luna.

En la primera. confeccionaban para destruir alguna cosa, sobre un anillo de hierro, la imagen de un hombre negro, cubierto de cilicio con un cinto, en la posición de quien lanza una pica con la mano derecha; la sellaban con cera negra y la perforaban con estoraque líquido, pronunciándole imprecaciones encima.

En la segunda casa, confeccionaban un sello contra la cólera de un príncipe, y para reconciliarse con él, y sellaban con cera blanca y almácigo la imagen de un rey coronado, perfumándola con áloe.

En la tercera casa, grababan una imagen sobre un anillo de plata en una mesa cuadrada; llevaba la figura de una mujer bien parecida, sentada sobre un trono, con la mano derecha en alto sobre su cabeza; la sellaban y fumigaban con almizcle, alcanfor y pezuña aromática; de-cían que esa imagen hacía prosperar la buena fortuna y daba toda clase de bienes en abundancia.

En la cuarta casa, para venganza, divorcio, enemistad y malevolencia, confeccionaban un sello sobre cera roja, que representaba la imagen de un soldado a caballo, con una serpiente en su mano derecha; la fumigaban con mirra roja y estoraque.

En la quinta casa, para ganar el favor de los príncipes y personas revestidas de dignidades, y para ser bienvenidos, grababan la cabeza de un hombre sobre plata; la fumigaban con sándalo.

En la sexta casa, para establecer amistad entre dos personas, sellaban sobre cirio blanco dos imágenes que se abrazaban; las fumigaban con áloe y ámbar.

En la séptima casa, para adquirir toda clase de bien, grababan sobre plata la imagen de un hombre bien vestido, con las manos hacia el cielo como si rogase y suplicase; la fumigaban con aromas.

En la octava casa, para acordar victoria en la guerra, grababan sobre estaño la figura de un águila con rostro de hombre; la fumigaban con azufre.

En la novena casa, para debilitar, confeccionaban con plomo la imagen de un hombre sin bastón ni ropas, que se tapaba los ojos con sus manos; la fumigaban con resina de pino.

En la décimoprimera casa, para ayudar al parto y curar las enfermedades, grababan sobre oro la cabeza de un león; la perfumaban con ámbar.

En la décimosegunda casa, para dar temor, reverencia y veneración, grababan sobre una lámina de oro la imagen de un hombre montado sobre un león, tomando su oreja con la mano izquierda, y llevando un dardo en su derecha; la perfumaban con aromas y azafrán.

En la duodécima, para provocar el divorcio entre amantes, grababan sobre plomo negro la imagen de un dragón que peleaba con un hombre; la fumigaban con pelo de león y asafétida.

En la décimotercera casa, para crear concordia entre esposos, y quitar el maleficio del coito, confeccionaban dos imágenes. a saber, la del hombre sobre cera roja, y la de la mujer sobre cera blanca, y las juntaban abrazadas; fumigaban con áloe y ámbar.

En la décimocuarta casa, para causar el divorcio y la separación de marido y mujer, grababan sobre cobre rojo la imagen de un perro que se muerde la cola; la fumigaban con pelo de perro negro y gato negro.

En la décimoquinta casa, para ganar la amistad y benevolencia, confeccionaban la imagen de un hombre sentado, leyendo cartas; la perfumaban con incienso y nuez moscada.

En la décimosexta casa, para ganar en la mercadería, confeccionaban sobre plata la imagen de un hombre sentado en un sillón, con una balanza en su mano; fumigaban con drogas aromáticas.

En la decimoséptima casa, contra salteadores de caminos, confeccionaban sobre un sello de hierro la imagen de un mono; la fumigaban con pelo de mono.

En la décimooctava casa, para librar de fiebre y cólicos, confeccionaban sobre bronce la imagen de una culebra con cola sobre su cabeza; fumigaban con pezuña de ciervo; decían que este mismo sello hacía huir a las serpientes y todas las bestias venenosas del lugar donde se le enterrara.

En la décimonovena casa, para facilitar el parto y provocar las menstruaciones, confeccionaban sobre bronce la imagen de una mujer con sus manos en el rostro; fumigaban con estoraque líquido.

En la vigésima casa, para la caza, grababan sobre éstaño la imagen de un saetero, mitad hombre, mitad caballo, y la fumigaban con la cabeza de un zorro.

En la vigésimoprimera casa, para arruinar a alguien, confeccionaban la imagen de un hombre de dos caras, una delante y otra detrás; fumigaban con azufre y ámbar, y la ponía en una caja de bronce con azufre y ámbar, y los cabellos de aquél a quien querían dañar.

En la vigésimosegunda casa, para la seguridad de los fugitivos, confeccionaban sobre hierro la imagen de un hombre, con alas en los pies. y casco en la cabeza; la fumigaban con plata viva.

En la vigésimotercera casa, para arruinar y asolar, confeccionaban sobre hierro la imagen de un gato, con cabeza de perro; la fumigaban con pelo de perro y la enterraban en el lugar donde tenían intención de hacer mal.

En la vigésimocuarta casa, para hacer multiplicar las haciendas, se servían de la pezuña o del cuerno de un morueco, o de un toro; o de un cabrón, o de otro animal que se desease multiplicar; sellaban con sello de hierro caliente la imagen de una mujer amamantando a su hijo, y la col«

gaban del cuello del animal que encabezaba la hacienda, o bien grababan este sello en su cuerno o casco.

En la vigésimoquinta, para conservar las plantas y las mieses, confeccionaban sobre madera de higuera la imagen de un hombre que planta; la fumigaban con flores de higuera y la colgaban del árbol.

En la vigésimosexta casa, para dar amor y tener favor, confeccionaban sobre cera blanca y almácigo la imagen de una mujer que lava y peina sus cabellos; la fumigaban con aromas.

En la vigesimoséptima casa, para desviar el agua de las fuentes, de los pozos, de los baños de agua caliente y otros baños comunes, confeccionaban con tierra roja la imagen de un hombre alado, teniendo en sus manos un vaso vacío y horadado; luego de cocer esta imagen, ponían en el vaso asafétida y estoraque líquido; lo arrojaban todo o lo enterraban en el pozo o la fuente que querían arruinar.

En la casa vigésimooctava, para reunir peces, confeccionaban sobre bronce la imagen de un pez y la fumigaban con piel de pez marino, y la arrojaban al agua por todo el sitio donde querían hacer que los peces se juntaran.

Además, escribían con dichas imágenes el nombre de los espíritus y sus rúbricas, y los invocaban, suplicándoles con plegarias para que les acordasen lo que de ellos pretendían.

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