Introducción a “Camino a la Magia”

Crecí con una formación Católica y una gran convicción espiritual, una suerte de fascinación por ese mundo invisible, por eso que está más allá de este mundo terreno, durante la noche me invadían extrañas sensaciones, imaginaba que meditaba, que alcanzaba a Dios. Pero un buen día simplemente me peleé con la Iglesia, en el fondo del corazón no podía concebir la idea de una tercera persona (el Sacerdote) entre yo y Dios.
Deambulé, busque una nueva fe, una nueva religión. En esta búsqueda me topé con el Taoísmo. La idea de una polaridad inherente en todas las cosas y el concepto de no acción fue suficiente para concretar mi alejamiento de la Iglesia. Esta forma de ver el mundo, de sostener el concepto de no hacer nada pero que nada quede sin hacer, de no hacer nada inducido por el deseo o el instinto animal, de comprender que el sabio se guarda de actuar para que la ley natural opere sobre las cosas y lograr resultados mas fácilmente, de aprender a ver lo positivo y negativo en cada grano de arena me marcaría, aunque en ese momento no lo sabía, para siempre.
Tiempo después un compañero me comentaría acerca de cierto jarabe para la tos que producía viajes astrales. No compré dicho jarabe sino que me cuestioné que habría una forma natural de alcanzar estos viajes astrales de los que nada sabía. A partir de este punto implanté en mi corazón la bandera del ocultismo.
La necesidad de aprender, de conocer, de experimentar (y también, aunque mucho me pesa confesarlo, un anhelo secreto de poder) dirigió mi atención a todos los tipos de ocultismo y meditación. Métodos Orientales y Occidentales, la Gnosis, la Cábala, el Hermetismo, la Magick de Crowley, el Yoga en varios de sus tipos, el New Age (que me desagrada bastante hoy en día por considerarlo tibio), entre otros. Comencé a crecer en el sendero de la Magia, concilié diversas teorías y formé una propia.
Mantuve mi ocultismo en secreto por bastante tiempo, el no poder comentar lo que me sucedía con nadie se convirtió en una gran carga, los prejuicios sociales eran mis peores enemigos. Más el deseo de mostrarles a otros lo que estaba viviendo me llevo a revelar este secreto tan íntimo. Algunos se fascinaron momentáneamente y la tibieza de sus corazones los llevó a abandonar las prácticas rápidamente. Otros, en cambio, prefirieron la indiferencia, no creyeron. Pero todos alimentaron un miedo secreto en su corazón como lo demostraría cierta noche (muy divertida para mi persona) en la que mover una pata de cordero frente a los rostros de estos tibios prometiendo disfunciones sexuales puso muy nervioso a todo el mundo.
Quien nunca ha sostenido verdaderamente una religión o una fe, de seguro abandonará rápidamente el camino de la magia. Quien es realmente ocultista nunca dejará de serlo. Esta suerte de libro pretende ser un camino a la Magia, no se explicitarán fórmulas, ni rituales, prefiriendo que cada quien forme su propio criterio.
Dijo el Cristo: A los tibios los vomitaré de mi boca…










