EL ALMA DEL MUNDO, LAS ALMAS CELESTES Y SUS FACULTADES; COMO PARTICIPAN DEL ESPIRITU DIVINO
He aquí también la prueba de que las Almas de que hablamos tiene la fuerza de la Razón; como todas las obras de estas almas concurren juntas, por orden, sin interrupción, necesariamente no deberán ser gobernadas por el azar sino por la razón; por ello dirigen y conducen a determinados fines todas sus operaciones, pues resulta necesario que la tierra tenga las razones de las cosas terrosas, y el agua, de las acuosas; lo mismo ocurre en las demás, donde los cuerpos son producidos en su tiempo, lugar y orden, y a menudo reproducidos cuando fueron dañados. Los filósofos no creen, pues, que el alma de la tierra sea como el alma de un cuerpo reno vado; creen que es razonable y, además, que tiene entendimiento y es une divinidad. Además, sería un gran absurdo, puesto que conocemos las razones y las intenciones de nuestras obras, decir que las almas celestes y el alma del universo no conocen sus propias razones y fines. Si como dice Platón, el mundo fue hecho por el bien mismo, lo mejor que podría hacerse, debe participar no sólo de la vida, el juicio y la razón sino también de la inteligencia y el espíritu. En virtud de que la perfección del cuerpo es el alma, y el cuerpo es más perfecto en la medida que tiene un alma más perfecta, existe pues la necesidad de que los cuerpos celestes, al ser más perfectos, tengan almas más perfectas. Tienen, pues, repartidos el entera dimiento y el espíritu, lo cual lo aprueban los platónicos con común con• sentimiento por la perseverancia de su orden y constancia, porque, al set el movimiento libre por naturaleza, puede interrumpirse fácilmente y desviarse a veces si no es conducido por el entendimiento y el espíritu; y el espíritu, digo, perfecto, capaz de prever desde el comienzo el mejor camino y el mejor fin. Ese espíritu perfecto, en la medida en que esté fuertemente fijo al alma, como el alma del mundo y las almas de los cuerpos celestes y de los elementos, sin duda gobierna con un orden irregularísimo y perfectísimo la obra que le fue prescripta; puesto que los cuerpos no se oponen a un alma potentísima y el espíritu perfecto no cambia su designio. El alma del mundo, en consecuencia, es una determinada vida única, que llena todo, que nutre todo, que liga y une todas las cosas, de manera que convierte a todo el mundo en una máquina; es como un monocordio que resuena a través de tres géneros de criaturas, a saber, el intelectual, el ce-leste y el corruptible, por medio de un solo soplo y de una sola vida.








